Regisberg Vizigotka (Žena Hindasvinta) b. april 623 d. decembar 646 - Descendants (Inventory)

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11/1 Регисберг Визиготка (Жена Хиндасвинта) [Визиготы]
birth: april 623, Испанское княжество
marriage: <1> Хиндасвинто Визигот [Визиготы] b. 563 d. 30 septembar 653
death: decembar 646, Толедо, Испанское княжество, в 22 года 8 месяцев
po https://ru.wikipedia.org/wiki/Реккесвинт - Rekiberga po RuVikipedii - "ženoй kogo iz praviteleй Vestgotskogo korolevstva bыla Rekiberga, sredi istorikov net edinogo mneniя"

2

41/2 <1+1> Teodofredo [Visigodo]
title: Duque de Córdoba
marriage: <2> Recilo de Córdoba [Córdoba] b. 630?
Þiudafriþus de los Visigodos - po https://www.geni.com/people/Theodofredo/6000000004198815751 upominanie o suщestvovanii - sm.takže https://ru.wikipedia.org/wiki/Хиндасвинт
22/2 <1+1> Рецесвинто Визигот [Визиготы]
birth: 639, Испанское княжество
marriage:
title: 653 - 672, Испанское княжество, испанский (визиготский) князь
death: 672, Испанское княжество
Šablon:Needsources

utverždenie o tom čto Recesvinto mog bыtь ženat na ženщine Person:275016 - kraйne somnitelьno i trebuet podtverždeniя istočnikami

Informaciя o tom, čto sыnom Recesvinto bыl Person:124336 - somnitelьna i trebuet podtverždeniя istočnikami.
53/2 <1+1> Гласвинта Табира Флавия [?]
birth: 640?, Римское царство
marriage: <3> Фройла Феррандез [Ферранды] , второй брак с Glaswintha
marriage: <4> Ардабаст Визигот [Визиготы] b. 611c, Толедо, Испанское княжество, first mariage of Glaswitha
34/2 <1+1> Favila (отец Пелайо) ? (Wisigoths) [?]
title: Duc des Asturies
death: 701
sm.takže wikipedia:fr:Favila

Fávila, duque de Cantabria - po https://www.geni.com/people/Favila-duque-de-Cantabria/6000000004335337720

Filiación aceptada en algunas crónicas. Ah bon! Sans blague! Lesquelles? (Prinadležnostь prinяta v nekotorыh letopisяh. Ah, privet! Sans Blague! Leskelь?)

3

121/3 <5+3> Sonna (Suero) Ferrández [Ferrando]
title: Lugo, Alcalde
marriage: <5> Hija Pérez [Astur]
82/3 <5+3> Vitulo (Witulus) Ferrández [Ferrando]
title: Señor de Monterroso
property: tenía su divisa en el paso Darcos Dasma
title: 681 ? 688, Toledo, Conde de los patrimonios
63/3 <4+2> Rodrigo [Visigodo]
marriage: <6> Egilona ? (Umm 'Asim) [?] d. 718
title: 710 ? 711, Hispania, Rey de los visigodos
Rodrigo, rey de los visigodos, Hrōþireiks, Data roždeniя: ±688, Smertь: 20 iюlя 711 - po https://www.geni.com/people/Rodrigo-rey-de-los-visigodos/6000000000379687484

Rodrigo. Flavius Rudericus Rex. ¿Córdoba?, f. s. VII – ¿Río Guadalete? (Cádiz), VII.711. Rey de España (710-711).

Desgraciadamente se carece de referencias contemporáneas y seguras sobre la familia y linaje del famoso don Rodrigo, último rey de los godos según la mayor parte de la tradición historiográfica española. Sin embargo el texto cronístico asturiano del último tercio del siglo IX atribuido al rey Alfonso III (muerto en 910), base de las versiones Rotense y de Sebastián que han llegado hasta nosotros, sí que traía una referencia cierta a la familia cercana de Rodrigo. Según la misma, Rodrigo era hijo de Teodofredo, duque visigodo hijo de rey Quindasvinto (fallecido en 653), que por envidia fue cegado por el rey Egica (687-702) y desterrado a la ciudad de Córdoba. Según esta misma tradición el hermano de Rodrigo habría sido el también duque Fafila, que por un asunto de faldas habría sido mortalmente herido en Tuy por Witiza (muerto en 710), en tiempos de su padre el rey Egica. Este Fafila era padre de Pelayo (muerto en 737), el futuro iniciador de la Monarquía asturiana. La verdad es que resulta difícil saber el grado de fiabilidad de ambas noticias genealógicas puestas por escrito más de un siglo y medio después. Especialmente dudosa parece la segunda, cuyo fin es muy claro: relacionar al linaje de Rodrigo, el derrotado por el invasor muslim, con el de Pelayo, el vencedor del mismo invasor. Sin embargo no se acierta a vislumbrar los motivos para inventarse totalmente la primera, máxime cuando concuerda con algunos otros datos.

En la Córdoba islámica del siglo IX todo el mundo sabía de la existencia en la ciudad de un palacio todavía en pie que se decía había pertenecido a Rodrigo. Y la totalmente fiable Crónica Mozárabe del 754 sugiere que Rodrigo había gobernado la Bética, seguramente como duque de la misma, antes de ser promovido al Trono godo. Por su parte también parece bastante seguro que el linaje de los reyes Egica y Witiza se relacionara con la ciudad de Córdoba y su campiña, lo que conviene al supuesto destierro de Teodofredo, enfrentado con el rey Egica, a esa ciudad, donde estaría bien vigilado por los parientes y clientes de su enemigo. En fin, la existencia de un duque de nombre Teodofredo en tiempos de Egica es segura. Es más, este Teodofredo sería uno de los no muchos miembros de la alta nobleza palatina que sobrevivió a la grave crisis política desencadenada por la frustrada conjura del obispo toledano Sisiberto contra Egica y su familia en 693. De tal forma que, si se quisiera identificar a este duque Teodofredo como su homónimo padre de Ruderico de la tardía tradición historiográfica astur sólo cabrían dos soluciones: o bien situar en una fecha tardía en el reinado de Egica su enfrentamiento con Egica y destierro a Córdoba, o bien considerar falsa esta última historia, que sería el fruto del interés tardío en oponer el linaje de Rodrigo al de Witiza, y hacer a éste último causa única de la invasión y victoria islámicas.

Por mi parte preferiría la segunda opción, y ello por la razón siguiente. La esposa de Rodrigo se llamaba Egilona. Tras la trágica muerte de su marido la viuda Egilona casó con Abdelaziz ‘Abd al-‘AzÌz (muerto en 716), el hijo del conquistador Mýsà (fallecido en 718), incitando éste a ceñirse la corona goda e independizarse del Califato Omeya de Damasco. Pues bien, el nombre de Egilona induce a relacionar a esta ambiciosa mujer con el linaje real de Egica y Witiza, lo que explicaría perfectamente su privilegiada situación tras la muerte de su primer marido y en el entorno de los recientes conquistadores árabes. Hacer a Egilona miembro de esa poderosa familia bien enraizada en el vallé bético, y más concretamente en Córdoba, explicaría perfectamente tres acontecimientos fundamentales en la historia cierta de Rodrigo. En primer lugar su posición como duque de la Bética en los últimos tiempos del rey Witiza, en segundo lugar su misma promoción al Trono, marginando a otros familiares directos del último Rey, y, en tercer lugar, que estos últimos hubieran también formado parte de la hueste real que se enfrentó a Tarik en 711.

El complejo sistema de sincronismos utilizado por el anónimo autor de la muy segura Crónica Mozárabe del 754, no exento de errores y contradicciones, permite afirmar con escasas dudas que Witiza murió a finales del 709 o, preferentemente, muy a principios del 710; mientras que la entronización de Rodrigo habría que retrasarla bastante en ese mismo año de 710. De este modo es seguro que entre ambos acontecimientos existió un largo y peligroso interregno de varios meses de duración, en todo caso superior al medio año. El hecho no carecía de precedentes en la historia hispanogoda, pero nunca un interregno había durado tanto. Es más, la situación en el interior y en el exterior del Reino godo era todo menos tranquilizante. El interregno no podía más que empeorar las cosas.

En la historia hispanogoda los interregnos se explican siempre ante el final de bastantes años de reinado de un monarca y el inicio de la llegada al poder real del representante de un linaje distinto, aunque luego se pudiera relacionar cognaticiamente con el del anterior monarca. Tales habían sido los casos en el tránsito de Atanagildo a Liuva y su hermano Leovigildo, o en el de Sisebuto a Suintila. Esta vez habría sucedido algo parecido. No sabemos cuando Rodrigo matrimonió con Egilona, lo más probable es que no fuera mucho antes de su trágico final, pues ninguna fuente habla de la existencia de descendencia de Rodrigo. En ese caso su casamiento habría podido ser la exigencia de los familiares y nobles ligados al linaje de Egica y Witiza para consentir en la entronización de Rodrigo, marginando a algún candidato más ligado a ellos, como podría ser Oppas, hijo del rey Egica. Y hay testimonio suficiente y seguro de que éstos existían y no aceptaron más que a regañadientes a Rodrigo.

La citada Crónica Mozárabe del 754 afirma que Rodrigo subió al Trono mediante un acto de fuerza, y de manera contraria a la prevista en la legislación, y a instancias de un senatus. El análisis léxico de ese texto historiográfico y los usos lingüísticos de la aristocracia municipal cordobesa desde el siglo VII al IX convierten en muy probable que ese “senado” no fuera sino la vieja curia municipal de Córdoba, en la que habían entrado desde antes del siglo VII miembros de la nobleza goda asentada desde hacia tiempo en Córdoba y su campiña. Por lo que sabemos de la segunda mitad del siglo IX a esa nobleza municipal cordobesa pertenecían los descendientes del linaje del rey Witiza. La tradición historiográfica arábiga es unánime al afirmar que razón fundamental en la promoción de Rodrigo fue su prestigio militar.

Tras la segunda y definitiva caída de Cartago el poder islámico en 698 la expansión del Califato por el Magreb resultó muy rápida, alcanzando ya a los pocos años el área del Estrecho de Gibraltar. La única barrera para tratar de dar el salto a la orilla europea lo constituían la propia predisposición a la rebelión de las tribus beréberes, escasa o nulamente islamizadas, y la existencia en Ceuta de una guarnición dependiente del Reino godo, junto con los restos de la antigua flota bizantina que la tenían por base, al mando de un conde que extendía también su jurisdicción por las tierras gaditanas, que recibía su nombre de “juliano” del de la estratégica localidad de Julia Transducta (Algeciras). Tras la represión de la sublevación bereber la presión sobre el condado juliano debió aumentar mucho. El largo interregno a la muerte de Witiza y las intrigas y oposiciones nobiliarias que precedieron y siguieron a la entronización de Rodrigo harían insostenible la defensa de la parte africana del condado, si es que su titular, tal vez un bizantino de nombre Urbano, no fuera contrario al nuevo Rey godo. Dueños de Ceuta y con la alianza del “conde juliano”, fundamentalmente su flota y el control de la bahía de Algeciras, intentar pasar a la península era algo natural a realizar en un futuro inmediato. Documentación numismática islámica muestra que la invasión se estuvo preparando con algún tiempo. Antes de la misma subida al Trono de Rodrigo se habían producido las primeras operaciones de tanteo y saqueo, la más importante de las cuales fue mandada por Tarif Abuzara.

El interregno y los problemas de la subida al Trono de Rodrigo habían propiciado que en los territorios del nordeste —valle del Ebro, Cataluña y Septimania— se proclamara rey otro noble godo, Agila II. La guerra civil era inevitable. La misma elección de Rodrigo pudo ser precipitada por esa proclamación de Agila, que debía ser contraria a los intereses de los nobles ligados a la casa de Egica y Witiza, asentados en el sur y el oeste. Primer objetivo de Rodrigo habría sido la lucha contra Agila II. Las fuentes islámicas hablan de Rodrigo luchando contra los vascones —posiblemente aliados de Agila—, cuando se produjo el nuevo y definitivo desembarco del ejército expedicionario musulmán en tierras peninsulares. Esta vez el comandante era Tarik, liberto y lugarteniente de Mñsà b. Nuîayr, gobernador de Ifriquiya. Es posible que el invasor hubiera hecho algún pacto, de no agresión cuando menos, con Agila, aunque no hay testimonio del mismo. En julio del 711 Rodrigo acudió con el Ejército real a cortar la progresión al interior bético del Ejército invasor, que se había hecho fuerte en la bahía de Algeciras y en el Peñón. El Ejército de Rodrigo era numeroso, pero en él venían muchos nobles ligados a la casa de Egica, que esperaban una ocasión propicia para eliminar al Rey y sustituirle por alguien más de su agrado. La batalla se libró cerca de la antigua localidad de Laca, en la calzada romana de Cádiz a Sevilla. La defección traidora de aquellos nobles y sus mesnadas convirtió la lucha en doble, contra éstos y contra los invasores. Al final tanto Rodrigo y sus fieles como los otros fueron derrotados, muriendo todos ellos. La tradición islámica afirma que el rey Rodrigo murió en su huida al intentar cruzar a caballo un riachuelo, aunque su cadáver no se habría encontrado. En Asturias a fines del siglo IX se creía que había sido enterrado en Viseo, pero la verdad es que ningún indicio lo prueba y nada lo hace verosímil.


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Saavedra, Estudio sobre la invasión de los árabes en España, Madrid, El Progreso Editorial, 1892; L. Schwenkow, Kritische Bretrachtung der lateinisch geschriebenen Quellen zur Geschichte der Eroberung Spaniens durch die Araber, Celle, Grossgebauer, 1894; A. Haggerty Krappe, The legend of Rodrick, last of the Visigothic Kinggs and the Ermanarich cycle, Heidelberg, Carl Winters Universitätsbuchhandlung, 1923; R. Menéndez Pidal, El Rey Rodrigo en la literatura, Madrid, Espasa Calpe, 1925; R. Grosse, Las fuentes de la época visigoda y bizantinas(Fontes Hispaniae Antiquae IX), Barcelona, Librería Bosch, 1947, págs. 379-383; G.C. Miles, The Coinage of the Visigoths of Spain Leovigild to Achila II, Nueva York, The American Numismatic Society, 1952, págs. 442-443; M. Torres López, [“Las invasiones y los Reinos germánicos de España (años 409-711)”], en España visigoda, I. Las invasiones. Las sociedades. La Iglesia, intr. de R. Menéndez Pidal, pról. de M. C. Díaz y Díaz, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, t. III, Madrid, Espasa Calpe, 1963 (2.ª ed.), págs. 135-139; E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del Califato de Córdoba (711-1031 de J.C.), en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España Menéndez Pidal, t. IV, Madrid, Espasa Calpe, 1967 (3.ª ed.), págs. 5-14; J. Vallvé, “Sobre algunos problemas de la invasión musulmana”, en Anuario de Estudios Medievales, 4 (1967), págs. 361-367; E. A. Thompson, The Goths in Spain, Oxford, Clarendon Press, 1969, págs. 249-250; D. Claude, Geschichte der Westgoten, Stuttgart-Berlín-Colonia-Maguncia, Verlag W. Kohlhammer, 1970, pág. 83; M. Barceló, “Sobre algunos “fulus” contemporáneos a la conquista de Hispania por los árabe-musulmanes”, en Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, (1971-1972), págs. 33-42; C. Sánchez Albornoz, Orígenes de la Nación Española. El Reino de Asturias, vol. I, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1972, págs. 191-499; L. A. 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Legittimazione della regalità nella Spagna visigotica e altrove”, en Quaderni di lingue e letterature, 18 (1993), págs. 461-473; P. Chalmeta, Invasión e Islamización. La sumisión de Hispania y la formación de al-Andalus, Madrid, Fundación Mapfre, 1994, págs. 109-142; J. Hernández Juberías, La Península imaginaria. Mitos y leyendas sobre al-Andalus, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1996, págs. 163-207; L. A. García Moreno, “Riba Côa en el período visigodo”, en O Tratado de Alcanices e a importância histórica das Terras de Riba Côa, Lisboa, Universidade Católica Editora 1998, pág. 129; J. Montenegro y A. del Castillo, “Precisiones sobre Ceuta antes de la conquista musulmana (siglos VI-VII), en Byzantion, 67 (1999), págs. 83-88; A. Besga, “Consideraciones sobre el fin del reino visigodo de Toledo”, en Letras de Deusto, 33 (2003), págs. 9-34.


Luis Agustín García Moreno

http://dbe.rah.es/biografias/4582/rodrigo
74/3 <3+17!> Pelagius of Asturias [Visigoth]
title: 718 ? 737, King of Asturias
death: 737, Cangas de Onís
95/3 <3+17!> Adosinda [Visigodo]
106/3 <5+3> Bermudo (Wehrmund) [Ferrando]
117/3 <5+3> Trazamundo Ferrández [Ferrando]
138/3 <2> Mother of Pedro ? (Daughter of Reccarad I/Recesvinto) [?]

4

171/4 <8+?> Luz Bitular Fernández [Ferrando]
birth: sobrina de Witiza
182/4 <6+6> Egilom Umm Hashim Balthes [?]
birth: 693 ? 715
marriage: <7> Язид III ибн аль Валид ? (Омейяды) [-] b. 705 d. 4 oktobar 744
143/4 <11> Гаудиоза Феррандез [Ферранды]
birth: 695, Римское царство
death: 737, Римское царство
Gaudiosa. ?, ú. t. s. vii – p. t. s. viii. Reina de Asturias.

Mujer del rey Pelayo, con quien debió de casar poco antes de la victoria de Covadonga. Su nombre latino parece indicar un origen hispano-romano, dentro de la poca seguridad que ofrecen estos datos. Fue sepultada junto a su esposo en la iglesia de Santa Eulalia de Velanio en Cangas. Debió de ser la madre de los hijos que se conocen al Rey: Favila y Ermesinda.


Bibl.: H. Flórez, Memorias de las Reynas Católicas, historia genealógica de la casa real de Castilla y León, todos los infantes, trages de las reynas en estampas y nuevo aspecto de la historia de España, vol. I, Madrid, Oficina de la viuda de Marín, 1790 (3.ª ed.), pág. 34; “Crónica Sebastiani”, en A. Huici, Las Crónicas Latinas de la Reconquista, Valencia, Hijos de F. Vives Mora, 1913, pág. 214; Á. Solano Fernández-Sordo, Las reinas de la Monarquía Asturiana y su tiempo (718-925), Madrid, Marcial Pons, 2018.


Jaime de Salazar y Acha

http://dbe.rah.es/biografias/14344/gaudiosa
164/4 <7+14!> Favila (сын Пелайо) [Visigodo]
marriage: <8> Ψ Жена [?]
title: 737 ? 739, Rey de Asturias, 2°
death: 739, Asturias, muerto por un oso
sm.takže wikipedia:es:Favila de Asturias

Fávila I, rey de Asturias - po https://www.geni.com/people/F%C3%A1vila-I-rey-de-Asturias/6000000004335298773

otec (do proяsneniя situacii - ostavlenы oba):


Favila. Asturias, p. s. VIII – Cangas de Onís (Asturias), 739. Rey de Asturias.

A la muerte de Pelayo en Cangas de Onís (737) “le sucedió en el trono su hijo Favila”, según testimonio de la Crónica Albeldense que corrobora la Crónica de Alfonso III en sus dos versiones. Los mismos textos narrativos coinciden en señalar el breve mandato del nuevo caudillo de los astures, dos años, y en la atribución de su prematura muerte a un accidente de caza: “Por su ligereza fue muerto por un oso” (Cr. Albeldense); “Se sabe que a causa de una ligereza fue muerto por un oso” (Cr. Alfonso III).

La redacción Rotense de la crónica alfonsina aporta, sin embargo, una información de gran interés acerca del corto reinado del hijo de Pelayo: “Edificó, en una obra admirable, una basílica en honor de la Santa Cruz”. No se conserva la fábrica primitiva de este templo, con el que se inaugura en el naciente reino de Asturias un culto a la Santa Cruz que enlaza directamente con la tradición visigoda y que, muy pronto, se manifestaría pródigo en dedicaciones piadosas y manifestaciones artísticas tan extraordinarias como la Cruz de los Ángeles (808) y la Cruz de la Victoria (908).

De dicho templo, muy reformado en el siglo XVII y destruido totalmente durante la Guerra Civil (1936-1937), nos quedan descripciones de quienes, como Ambrosio de Morales o Luis Alfonso de Carballo, alcanzaron a verlo antes de aquella reforma, que parecen remitir también a una tradición constructiva de raigambre hispanogoda. Igualmente se perdería, en aquellas lamentables circunstancias bélicas, el epígrafe original de consagración del templo, del que por fortuna quedan fotografías y calcos fiables anteriores a 1936.

Para el conocimiento de la época germinal del Reino de Asturias dicho epígrafe constituye un testimonio de extraordinaria autoridad, al aportar un fiable término final a la cronología de Pelayo (737) y otras preciosas informaciones ausentes de los textos cronísticos. Así, a través de la lectura de este interesante documento epigráfico, se nos manifiesta la existencia de la esposa de Favila, de nombre Froiliuba, y de sus hijos, a los que hay que suponer de corta edad a la muerte de su padre, lo que explicaría su exclusión de la sucesión a favor de Alfonso, yerno de Pelayo. Parece que tras el desgraciado accidente de caza que le costó la vida (739), si se da por cierta la noticia que incorpora Pelayo de Oviedo al interpolar la versión erudita de la Crónica de Alfonso III, Favila sería sepultado en la misma iglesia de la Santa Cruz por él construida sobre un dolmen, que aún se conserva, donde se depositarían igualmente los restos de su esposa Froiliuba.


Bibl.: J. Gil Fernández, J. L. Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin ix siècle), Paris, Editions du CNRS, 1987; F. Diego Santos, Inscripciones medievales de Asturias, Oviedo, Servicio de Publicaciones del Principado de Asturias, 1994; A. Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, Ed. Nobel, 2001.


Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar

http://dbe.rah.es/biografias/9176/favila
155/4 <7+14!> Эрмезинда Визиготка [Визиготы]
r. ok. 694 um. 737 - po https://www.geni.com/people/Ermessenda-reina-consorte-de-Asturias/6000000000424707718


Ermesinda. Asturias, p. s. VIII – Cangas de Onís (Asturias), m. s. VIII. Reina de Asturias, esposa de Alfonso I.

Hija de Pelayo, casada con Alfonso I, hijo de Pedro, duque de Cantabria. El texto Rotense de la Crónica de Alfonso III alude a la venida de Alfonso a Asturias en tiempo de Pelayo, tomando por esposa a su hija Ermesinda según la Crónica Albeldense “por iniciativa del propio Pelayo”.

Ese matrimonio aparece como razón justificativa del acceso al trono mediante elección popular de Alfonso I tras la prematura muerte de su cuñado Favila (739), cuyos hijos, probablemente muy jóvenes, serían apartados de la sucesión.

En esa elección y en la transmisión del derecho sucesorio de Ermesinda a favor de su marido Alfonso se han querido ver rasgos de un sistema de sucesión matrilineal indirecta, vinculado a la tradición local asturiana, que se harían presentes posteriormente en otros episodios de transmisión del trono en el reino de Asturias: casos de Adosinda con Silo y de Nepociano, “cuñado” de Alfonso II el Casto. Tal hipótesis, sin embargo, no parece que pueda mantenerse a la luz de las razonadas críticas que ha recibido últimamente.

El Testamentum Adefonsi del 842, también alude a la hija de Pelayo al hacer la genealogía de Fruela, “un hijo nacido de su hija”, a la que no nombra, como tampoco a su marido Alfonso I, estableciendo la relación sucesoria de aquél por vía matrilineal con el primer caudillo de los ástures.

Ninguna otra noticia fidedigna se tiene sobre Ermesinda, cuyo cuerpo recibiría sepultura, junto al de su marido Alfonso, según la interpolación pelagiana, del siglo xii, a la Crónica de Alfonso III, en el monasterio de Santa María (de Covadonga), que se sitúa en el territorio de Cangas de Onís.


Bibl.: J. Gil Fernández, J. L. Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin ix siècle), Paris, Editions du CNRS, 1987; A. Besga Marroquín, Orígenes hispanogodos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, Ed. Nobel, 2001; Á. Solano Fernández-Sordo, Las reinas de la Monarquía Asturiana y su tiempo (718-925), Madrid, Marcial Pons, 2018.


Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar

http://dbe.rah.es/biografias/6813/ermesinda

5

221/5 <18+7> Aisha ibn Musa Ibn Abdul Yazid al Wallid [?]
birth: 715
192/5 <15+9> Fruela I [Astur]
birth: 722
marriage: <10> Hermesenda Romaes [Romaes] b. 697 ? 749
marriage: <11> Munia [?]
title: 757 ? 768, Asturias, Rey de Asturias, 4°
death: 768, Cangas de Onís
Froila I 'el Cruel' Saldana, rey de Asturias, r. ok. 740 - po https://www.geni.com/people/Fruela-I-el-Cruel-rey-de-Asturias/6000000005819406013

Fruela I. ?, p. t. s. VIII – Cangas de Onís (Asturias), 768. Rey de Asturias.

Hijo de Ermesinda y de Alfonso I, y nieto, por tanto, de Pelayo y de Pedro, duque de Cantabria, sucedió a su padre al frente del reino de Asturias en 757.

Hombre de condición violenta, como señalan acordes los textos cronísticos, y heredero del espíritu belicoso de su antecesor, parece que guerreó, con fortuna, contra los musulmanes. La Crónica de Alfonso III refiriéndose a estas campañas del rey asturiano dice lacónicamente que “logró muchas victorias”, dando cuenta pormenorizada del resonante triunfo obtenido por Fruela sobre las tropas cordobesas en el lugar de Pontubio (Galicia), probablemente cerca de la actual población de Puentes de García Rodríguez. Incorpora este texto cronístico una circunstancia de esa victoria reveladora del cruel temperamento del Monarca, al referir que habiendo prendido al joven jefe del ejército islámico, de nombre Umar, lo decapitó en ese mismo lugar.

Durante el reinado de Fruela (757-768) hicieron acto de presencia por vez primera los dos tipos de problemas internos que, periódicamente renovados en los reinados siguientes, lastrarán ya hasta su etapa final la trayectoria histórica de la monarquía astur: los separatismos regionalistas y las revueltas palatinas.

Aquéllos parecen la lógica consecuencia de la propia y rápida expansión territorial del reino y comienzan a manifestarse en sus regiones extremas —Vasconia y Galicia—, de características muy distintas, con muy desigual nivel de desarrollo cultural e impregnación de la tradición romano-gótica, que habrían sido ya integradas parcialmente desde unos años antes —época de Alfonso I— en la órbita política asturiana y en las que el alejamiento geográfico del centro de decisión del reino —la Corte de Cangas de Onís—, el particularismo étnico, la existencia de aristocracias locales fuertes y reacias, en principio, al sometimiento a la autoridad central asturiana, así como la común y continua exposición a los ataques musulmanes, son factores que contribuyeron a fomentar un espíritu separatista que planteará serios problemas políticos a los monarcas astures, resueltos no pocas veces por la fuerza de las armas.

Éstos, por otra parte, se verían también obligados en numerosas ocasiones a sofocar las rebeliones de los propios magnates del reino, apoyados a veces en esas fuerzas disgregadoras periféricas, contra su autoridad, siendo acaso esa endémica situación de subversión nobiliaria herencia de una tradición gótica que impregna gradualmente las estructuras políticas de la nueva Monarquía, en concurrencia, quizá, con resistencias de poderes locales a la aceptación de la potestad expansiva de los caudillos astures, cuyo reconocimiento en esta primera etapa fundacional del reino de Asturias recorre acaso un proceso dialéctico de tensiones que son fruto de su propia inmadurez y se expresan en esas resistencias.

A esa doble amenaza de los separatismos regionalistas y las revueltas palatinas tuvo que hacer frente Fruela I, reprimiendo con dureza las primeras sublevaciones de vascones y gallegos y viéndose envuelto él mismo en un grave conflicto con su propio hermano Vímara, que sería la causa de su triste final.

La Crónica de Alfonso III en sus dos redacciones da cuenta sucesivamente de los enfrentamientos de Fruela con vascones y gallegos, sin facilitar la cronología de los hechos, en los términos siguientes: “A los vascones, que se habían rebelado, los venció, y tomó de entre ellos a su esposa, de nombre Munina, de la que engendró a su hijo Alfonso. A los pueblos de Galicia, que contra él se rebelaron los venció, y sometió a toda la provincia a fuerte devastación”.

En relación con el primero de esos levantamientos, el de los vascones, la calificación de “rebelión” que le aplica la crónica parece suponer un previo sometimiento de los mismos a la autoridad de los monarcas astures y su integración en el reino, al tiempo de producirse la insumisión reprimida por Fruela. Sin embargo, acaso esta interpretación sea una simplificación de una realidad bien distinta y de una situación de esos vascones —gentilicio cuya traducción exacta no es posible perfilar todavía en esta época— muy compleja, con referencia a ese hipotético y preexistente sometimiento a la autoridad de la realeza astur.

Efectivamente, la Crónica de Alfonso III, después de enumerar las regiones “pobladas” por Alfonso I y sometidas, por tanto, a su autoridad, indica que “Álava, Vizacaya Aizone y Orduña se sabe que siempre han estado en poder de sus gentes, como Pamplona [es Degio] y Berrueza”, lo que parece sugerir la existencia en estos espacios que corresponderían, básicamente, al área de asentamiento de los pueblos vascones, de unos poderes locales independientes y no integrados en la órbita política del reino de Asturias, cuyo límite extremo por oriente habría que fijar acaso en el Nervión, englobando la tierra de las futuras Encartaciones donde están los lugares de Sopuerta y Carranza, expresamente atribuidos por la crónica regia a la acción “pobladora” de Alfonso I.

La hipótesis acaso más prudente, en relación con la pretendida rebelión de los vascones contra la autoridad de Fruela, llevaría a ver aquí una actitud de conquista del propio Fruela que sería prolongación de la política expansiva de su padre por la marca oriental del reino y que seguramente habría que situar en el espacio alavés, de acuerdo con las precisiones que la misma crónica hará luego del lugar de procedencia de la madre del futuro Alfonso II y al que se acogería éste tras la muerte de Silo (783). El hecho es que la integración de esos vascones alaveses, sellada por la unión de Fruela con Munia, con seguridad vinculada a los círculos de la aristocracia local, supondría la efectiva ampliación de la órbita de influencia de los monarcas astures en el área vascongada y un sometimiento parcial y relativo de los pueblos que la habitaban, seguramente limitado a los más occidentales, a una autoridad central asturiana, facilitado sin duda por los lazos familiares establecidos por Fruela y consolidados en la persona de su hijo Alfonso.

La insumisión de los vascones debió de producirse en los primeros compases del reinado de Fruela, acaso después del resonante triunfo obtenido por éste contra los musulmanes en Pontubio (Galicia), si es que la secuencia que de estos hechos dan los relatos cronísticos se ajusta a su cronología real. El 24 de abril de 759 se otorga el interesante pacto monástico de San Miguel de Pedroso, junto al río Tirón, en La Rioja, situado en una zona muy próxima al espacio de la Vasconia occidental y en concreto a su parte alavesa, figurando en la larga relación de sorores que pueblan ese cenobio, algunas portadoras de onomásticos de probable raíz vascona; incluso aparece el nombre de Munia, que llevará la joven esposa de Fruela, lo que permite suponer que en la fecha en que se otorga dicho pacto podría haber tenido ya lugar el sometimiento de los vascones por el rey asturiano.

Dos años después (761) tendría lugar la presura de Máximo y Fromestano en el lugar de Oviedo, “un erial no poseído antes por nadie”, según el pacto monástico que, otorgado veinte años después (781), facilita la noticia de esa ocupación que se encuentra en el origen de la futura capital del reino de Asturias.

Fruela levantaría allí una iglesia dedicada al Salvador, destruida por las devastadoras campañas musulmanas contra el corazón del reino en 794 y 795 y restaurada después por su piadoso hijo Alfonso II. Éste, según propia confesión en el famoso Testamentum de 812, habría nacido y recibido las aguas bautismales en ese todavía núcleo preurbano de Oviedo, que él mismo elevaría después a la condición de sede regia.

La situación de Galicia, el otro escenario de las sublevaciones de base regional contra la autoridad de Fruela, y el desarrollo mismo de estas rebeliones, sobre las que las fuentes no dan tampoco ninguna precisión cronológica aunque debieron ser posteriores a las de Vasconia, ofrecen unas características bien distintas a las del espacio y pueblos vascongados.

No hay razón para dudar de la extensión del poder de la Corte de Cangas de Onís, en tiempo de Alfonso I, a esa “parte marítima de Galicia” de la que nos habla la crónica regia como escenario de la acción “pobladora” de este Monarca. Dicho espacio debía de corresponder a la franja norteña que se extendía entre el Eo, divisoria fluvial con las Asturias nucleares, y la costa atlántica, englobando seguramente buena parte de las actuales provincias de Lugo y La Coruña.

También parece razonable suponer un cierto encuadramiento político-administrativo y eclesiástico de esa zona, mucho más impregnada de la tradición romano-gótica que el País Vasco y seguramente con unas aristocracias locales poderosas muy influyentes y de fuerte arraigo territorial, que acaso se resistirían a un proceso de forzada integración política en el reino de Asturias llevado de forma poco afortunada por Fruela, cuya violenta conducta consta muy expresivamente por los testimonios concordantes de las crónicas.

La reacción de los pueblos de Galicia y la consiguiente represión, muy dura a juzgar por los términos que la Crónica de Alfonso III emplea, debió de ir seguida de una actividad regia encaminada a extender su autoridad, desde los territorios norteños hacia el sur. En tal sentido podría interpretarse el pasaje de la versión Rotense en el que se dice que “en tiempo de [Fruela] se pobló Galicia hasta el río Miño”, aunque el control efectivo tanto sobre los nuevos espacios meridionales como sobre los de la parte septentrional sería todavía y durante bastante tiempo precario, según se encargaría de demostrar el curso de los acontecimientos en los próximos años.

En la misma línea política regia orientada a procurar la integración de las tierras galaicas, habría que situar algunas actuaciones de Fruela, como la protección dispensada al cenobio de San Julián de Samos, llamado a ser uno de los centros monásticos de mayor influencia en la Galicia de la época y que acogería años después, en momentos de especial dificultad para él, al futuro Alfonso II el Casto.

La versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, con un clara carga ideológica antivitizana, alude, en otro de los pasajes que consagra al reinado de Fruela, a las severas medidas adoptadas por el Monarca en defensa del celibato eclesiástico. Y finalmente, tanto las dos versiones de la crónica regia como la Albeldense, acordes en la calificación de la aspereza temperamental de Fruela —“hombre de conducta brutal”, “de carácter feroz”—, refieren un episodio postrero de su caudillaje en el que no es difícil percibir los ecos dramáticos de algún tipo de conflicto palatino agravado por la propia condición violenta del Monarca.

“Por rivalidades en torno al reino”, escribe el autor de la Crónica Albeldense, dio muerte “con sus propias manos”, puntualiza la crónica regia, a su hermano Vímara, quizá complicado en algún intento de destronamiento y cabeza de una oposición cortesana a Fruela. No mucho tiempo después del fratricidio y al cabo de once años y tres meses de reinado sobrevino el triste final del Monarca: “Pagándole Dios con la misma suerte de su hermano, fue muerto por los suyos” en Cangas. De creer a Pelayo, interpolador de la crónica regia en el siglo XII, sus restos recibirían sepultura, con los de su esposa, la reina Munia, en Oviedo.

Corría el año 768. Fruela dejaba un heredero de corta edad, el futuro Alfonso II, que se vería alejado durante largo tiempo del trono paterno. Y un reino que había visto ampliado considerablemente su ámbito territorial, a partir de su primitivo espacio nuclear astur-cántabro, por las regiones del flanco occidental (Galicia) y oriental (la Vasconia occidental, y las tierras alavesas), iniciando una todavía muy tímida y localizada expansión foramontana por los valles de la futura Castilla. Será, por otra parte, este Monarca el primero al que un diploma auténtico —el pacto monástico de San Miguel de Pedroso— aplique el título de rey, empleando una calificación de netas resonancias visigodas: “gloriosi Froilani regis”.


Bibl.: L. Barrau-Dihigo, “Recherches sur l’histoire politique du royaume asturien (718-910)”, en Revue Hispanique, LII (1921), págs. 1-360 (trad. esp. Historia política del reino asturiano, Gijón, Silverio Cañada, 1989); A. C. Floriano Cumbreño, Diplomática española del período astur (718- 910), vol. I, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1949; C. Sánchez-Albornoz, Despoblación y repoblación del valle del Duero, Buenos Aires, Universidad, 1966; Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la historia del reino de Asturias, vol. II, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1974; H. Rodríguez Balbín, De un monte despoblado a un fuero real: 700 a 1145, Oviedo, Universidad, 1977; J. Gil Fernández, J. L. Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin IX siècle), Paris, Editions du CNRS, 1987; E. Portela Silva, “Galicia y la monarquía leonesa”, en El reino de León en la alta Edad Media, vol. VII, León, Centro de Estudios e Investigación San Isidoro, 1995, págs. 9-70; A. Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, Nobel, 2001; VV. AA., La época de la monarquía asturiana, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2002.


Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar

http://dbe.rah.es/biografias/9954/fruela-i
213/5 <15+9> Vimarano [Astur]
death: 765, Asesinado por su hermano Fruela.
r. meždu 702 i 762 - po https://www.geni.com/people/Vimarano-Infante-de-Asturias/6000000004404422467 Hertog van Cantabrie en Koning van Asturie
204/5 <15+9> Adosinda [Astur]
marriage: <12> Silo [Visigodo] d. 783
title: 774 ? 783, Reina de Asturias
235/5 <16> Ψ Ребёнок [?]

6

291/6 <20+12> Addelgaster [?]
birth: 725 ? 771
282/6 <19+10> Remón o Roman Romaes [Romaes]
birth: 750?
marriage: <13> Teresa Arias [Arias] b. 760? d. > 830
243/6 <19+11> Alfonso II de Asturias [Astur]
birth: 760
title: 791 ? 842, Rey de Asturias, 9°
death: 842
Alfonso II. El Casto. Oviedo, c. 762 – Oviedo, 20.III.842. Rey de Asturias.

Según la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, el 14 de septiembre del año 791 Alfonso, hijo del rey Fruela I (757-768), nieto de Alfonso I (739-757) y bisnieto de Pelayo (718-737), accedía al Trono del Reino de Asturias, tras la renuncia de su antecesor y pariente Bermudo I (788-791). Se imponían así, tras un largo paréntesis de veintitrés años, unos derechos sucesorios del nuevo monarca que no habían sido reconocidos siendo todavía niño, al ocurrir el lamentable episodio del asesinato de su padre Fruela (768), y que en su primera juventud, contando con el decidido apoyo de su tía Adosinda, tampoco habían logrado imponerse en la Corte de Pravia al fallecer Silo sin sucesión (783), viéndose nuevamente desplazado del Trono por su tío Mauregato.

Cuando Alfonso finalmente “fue ungido en el reino”, como señala la Crónica de Alfonso III, distaba mucho de ser un joven inexperto. Estaba en posesión de una larga serie de experiencias, no siempre gratas, en asuntos de gobierno, intrigas palatinas y exilios forzados. Y aparecía acaso en el inquietante horizonte de las postrimerías del siglo VIII como el candidato más idóneo para superar unas dificultades de supervivencia, por las presiones de una nueva ofensiva islámica sin precedentes en mucho tiempo antes, que nunca, quizá, hasta entonces habían sido tan amenazadoras para el pequeño reino de gallegos, astur-cántabros y vascos regidos desde la Corte de Cangas, primero, y después de Pravia. Si a los aproximadamente treinta años de edad que contaría Alfonso al acceder al Trono se suman los transcurridos hasta su muerte, ocurrida según parece el 20 de marzo del 842, nos encontramos ante uno de los monarcas más longevos de nuestra historia y cuyo tiempo de reinado efectivo (cincuenta y un años) es también de los más largos. Esta excepcional circunstancia hizo posible, sin duda, la ejecución de un ambicioso programa político del Monarca astur —realmente el primero digno de tal consideración que concibieron los reyes de Asturias— que sólo una muy dilatada permanencia al frente de los destinos del reino podía asegurar.

La filiación regia de Alfonso II la establecen claramente las dos versiones de la Crónica de Alfonso III con muy ligeras diferencias de matiz. Es hijo de Fruela y de una joven vasca, de nombre Munia, a la que había tomado por esposa después de sofocar una rebelión de su pueblo. En la famosa donación del 812 a San Salvador de Oviedo, sin duda una de las fuentes que más luz arroja a la hora de intentar una aproximación a la singular personalidad del Rey Casto, el Monarca traza su propia genealogía, coincidente con la que ofrece la Crónica de Alfonso III, que a través de su padre Fruela y de la madre de éste, Ermesinda, remonta hasta su bisabuelo Pelayo, de quien se complace en recordar su victoria sobre los sarracenos y su encumbramiento a la jefatura del pueblo “de los cristianos y de los ástures”. Por este mismo documento se sabe que Alfonso nació y fue bautizado en el lugar de Oviedo, donde su padre había fundado una iglesia en honor al Salvador y los doce apóstoles, y habría levantado seguramente algunas construcciones civiles que, con las del primer asentamiento de Máximo y Fromestano en el 761, constituirán el núcleo preurbano de la futura sede regia alfonsina. No es posible, sin embargo, fijar con exactitud la fecha del nacimiento del Monarca.

La Crónica de Alfonso III, que nos ofrece la historia de la rebelión de los vascones contra Fruela, su sometimiento por éste y su matrimonio con la cautiva Munia (“una muchachilla” que era parte del botín y en la que engendró a su hijo Alfonso), no puntualiza la cronología de estos sucesos, que sitúa después de la brillante victoria del Monarca sobre los sarracenos en el lugar de Pontuvio, en Galicia, y antes del sometimiento de los pueblos de esta región, rebeldes también contra su autoridad. Con un corto margen de error podría haber ocurrido el nacimiento de Alfonso en algún momento de los primeros años del sexto decenio del siglo VIII.

Muy pronto Alfonso pasaría por el amargo trance de la muerte violenta de su padre. Ocurría esto en el 768 y el futuro monarca contaría quizá no más de cinco o seis años de edad. La sucesión del Rey fratricida recaía en su primo Aurelio, hijo de un hermano de su padre Alfonso I, llamado igualmente Fruela, e hijos ambos del duque Pedro de Cantabria.

Poco se sabe con certeza de la primera etapa en la vida del Rey Casto. Se ignora qué suerte corrió su madre, la joven vasca Munia, después del lamentable final de su marido, ni dónde ni cómo transcurrió la infancia de su hijo. Parece, sin embargo, y según el testimonio de un documento fiable otorgado por Ordoño II, en agosto del 922, a favor del monasterio de Samos, que el niño Alfonso, después de la violenta muerte de su padre, habría sido acogido temporalmente por los monjes del cenobio samoense. En ese primer retiro el futuro monarca habría recibido una verdadera formación monástica que seguramente pueda explicar muchas de sus posteriores actuaciones, propias de un verdadero hombre de iglesia, y el que es, sin duda, el rasgo más llamativo de su compleja y sugestiva personalidad: la castidad que mantuvo durante toda su vida y que destacan los textos narrativos como una de las principales virtudes del Rey.

Después, la reina consorte Adosinda, hermana de Fruela I y esposa de Silo (774-783), debió influir decididamente cerca de su marido para allanar a su sobrino Alfonso, ya adolescente, el camino hacia el trono. Silo, sin hijos, lo asocia a las tareas de gobierno en la nueva Corte de Pravia y muerto sin descendencia en el 783 parecía llegada la hora del futuro Rey Casto (tendría entonces alrededor de veinte años) a quien “todos los magnates del palacio, con la reina Adosinda, colocaron en el trono del reino paterno”, según refiere la Crónica de Alfonso III. Pero una vez más las intrigas que esmaltan la historia política del reino de Asturias iban a prolongar el ya largo compás de espera del hijo de Fruela. Mauregato, hijo de Alfonso I y de una sierva, tío, por tanto, de Alfonso, desplaza del Trono a éste, que, siempre siguiendo el relato de la crónica regia, “se dirigió a Álava y se refugió entre los parientes de su madre”. Muerto Mauregato en el 788 y con toda seguridad alejado todavía Alfonso de los círculos palatinos de Pravia, es elegido para sucederle en el Trono un hermano de Aurelio, sobrino, por tanto, de Alfonso I y tío del joven exiliado en tierras alavesas: el diácono Bermudo. Sin embargo, la ruptura de un largo período de paz entre cristianos y musulmanes, con una vigorosa ofensiva dirigida contra el reino asturiano por el piadoso emir Hišām I, precipita la renuncia al Trono de Bermudo, después de haber sufrido una severa derrota en Burbia, en tierras bercianas. Parece, según el testimonio interesado de la Crónica de Alfonso III, que el propio Bermudo intervino en la reposición en el trono de su sobrino Alfonso que finalmente, el 14 de septiembre del 791 recibía la unción regia. Debía contar entonces una edad aproximada de treinta años y una larga experiencia política, fraguada en el prolongado y agitado período que cubre la primera etapa de su biografía.

Los años iniciales de su reinado son críticos para el nuevo Monarca astur. Sucesivas campañas musulmanas se dirigen contra el norte insumiso devastando las comarcas fronterizas alavesas y llegando en los años 794 y 795 hasta el mismo corazón del territorio asturiano: Oviedo, que vio arrasadas las construcciones levantadas allí por Fruela. Fueron éstos momentos de extrema gravedad para Alfonso II y su pequeño reino, felizmente superados. Los musulmanes no pudieron explotar el éxito de las campañas de aquellos dos años y en algún caso sus incursiones victoriosas fueron seguidas de un serio descalabro a manos de los astures, como el sufrido en Lutos, cerca de Grado, por las tropas de ‘Abd al-Malik, cuando se disponían a regresar al sur por la vieja calzada romana de La Mesa, después de haber llegado por primera vez a Oviedo y saqueado la ciudad (794).

La firme resistencia de Alfonso el Casto y los astures y de sus aliados, entre los que se encontraban los vascones, preservó la integridad del reino cristiano.

Tras estas dos expediciones los musulmanes no volvieron a traspasar los puertos de la cordillera Cantábrica para internarse en territorio asturiano. Se repetirán con diversa fortuna los ataques hasta el fin del reinado de Alfonso II, dirigidos fundamentalmente contra las comarcas fronterizas del alto Ebro y más raramente contra Galicia; pero no volverán a inquietar seriamente la seguridad del reino de Asturias, que verá definitivamente consolidada su independencia.

En el año 796 muere en Córdoba Hišām I, sucediéndole su hijo al-akam I. En el verano del mismo año el nuevo emir envía una expedición de castigo contra el flanco oriental del reino astur; las tropas musulmanas remontando el Ebro llegan hasta las comarcas que constituirán el germen de la futura Castilla. Muy pronto, sin embargo, como había ocurrido ya anteriormente y volverá a suceder en el futuro, las disensiones internas de al-Andalus desvían la atención cordobesa de los objetivos asturianos y al-akam se ve obligado a hacer frente a varias sublevaciones en sus propios dominios.

Por estos años, últimos del siglo VIII, Alfonso II anuda estrechas relaciones con el poderoso Carlomagno, iniciándose así entre el Rey asturiano y el Rey de los francos, emperador desde el año 800, unos contactos diplomáticos que habían de resultar sumamente fructíferos para el renacimiento interior del reino astur, cuya Iglesia obtenía además el pleno respaldo de la autoridad carolingia y el papado romano en las posiciones mantenidas frente a la herejía adopcionista.

En el 797 Alfonso II llega en una audaz incursión hasta Lisboa, tomando la ciudad, aunque por poco tiempo, y notificando el éxito de esta empresa a Carlomagno, quien por esta época intervenía decididamente en el nordeste de la Península estimulando la resistencia de los núcleos pirenaicos. Tras los primeros y difíciles años de su reinado, en los que la defensa frente al peligro exterior islámico polariza los esfuerzos del Rey Casto, el Monarca puede dedicar su atención a la tarea fundamental de reorganización interna de su reino. Sin embargo, todavía tendría que pasar el hijo de Fruela por una dura prueba. En el año 801 u 802 (“en el undécimo año de su reinado”, anota la Crónica Albeldense) una nueva revuelta palatina hizo que fuese desposeído temporalmente del trono, siendo repuesto presumiblemente pronto “en Oviedo, en la cumbre del reino”, señala el mismo texto cronístico, “por un cierto Teuda y por otros leales”. Durante ese nuevo y breve alejamiento del solio regio, Alfonso permaneció recluido en un monasterio, Abelania, que tradicionalmente se ha venido identificando con el actual lugar de Ablaña, pero que quizá podría sin esfuerzo localizarse en otro punto del reino (¿Beleña? ¿Abamia?). Esta reclusión monástica, forzada o voluntariamente aceptada por el monarca, podría explicar el llamativo hecho de que, habiendo quizá recibido órdenes sagradas, renunciase a contraer matrimonio; pero obviamente no explicaría la prolongada continencia anterior del Rey Casto, cuyas claves interpretativas acaso habría que buscarlas en una temprana y acendrada piedad y en su espíritu verdaderamente monacal, forjado quizá en su estancia infantil en Samos, que nos sitúa ante la figura de un hombre con virtudes religiosas realmente excepcionales que se expresan fielmente en su labor a favor de la Iglesia.

Con el acceso de Alfonso II al Trono, en el 791, la Corte regia se estabiliza definitivamente en Oviedo, lugar poblado treinta años antes por Máximo y Fromestano y por su propio padre Fruela, y en el que parece que el Monarca había nacido y recibido el bautismo. Con razón puede ser considerado el Rey Casto como fundador de la nueva sede regia ovetense, título que le reconocen expresamente las dos redacciones de la Crónica de Alfonso III y que le aplicará años después otra breve pieza historiográfica, la Nómina Leonesa, al referirse a “Don Alfonso el Mayor y el Casto, que fundó Oviedo”.

Desde principios del siglo IX la corte ovetense iba a convertirse en centro de irradiación de un programa de reconstrucción política integral que toma como modelo próximo la tradición gótica. La embrionaria organización cortesana, ya con claros síntomas de un incipiente visigotismo político, que se puede percibir años antes en la Corte de Pravia, bajo Silo y Mauregato, se consolida en el Oviedo de Alfonso II y se perfecciona después, con Alfonso III (866-910).

Los símbolos de la realeza asturiana adquieren a lo largo del siglo IX y en la nueva sede regia ovetense sus perfiles definitivos: las reiteradas referencias al solio regio, al círculo de fieles próximos al monarca y a una cierta articulación de los territorios bajo condes representantes de la autoridad real, la propia voluntad expresamente atribuida por la Crónica Albeldense a Alfonso II de hacer de Oviedo una nueva Toledo, reproduciendo allí el orden civil y eclesiástico de la antigua capital del reino hispano-godo y, en fin, las realizaciones materiales que se suceden desde el Rey Casto al Rey Magno, siempre con centro en Oviedo o en su entorno próximo y que todavía hoy se puede admirar en algunos expresivos ejemplos, constituyen manifestaciones inequívocas de un neogoticismo que se presenta como fundamental nutriente ideológico de la realeza astur.

El renacimiento artístico promovido por el Rey Casto se expresará a partir de los primeros años del siglo IX —hay que suponer que después de su reintegración en el trono, sofocada la revuelta del 801 u 802— en la construcción de edificios religiosos y civiles destinados, en la intención del monarca, a dotar a la nueva sede regia ovetense de la infraestructura material que demandaba su proyecto de organización de los cuadros político-administrativos y eclesiásticos del reino, tratando de seguir el modelo de la gótica Toledo. La relación de la continuidad de la eclosión artística del prerrománico asturiano de la primera mitad del siglo IX con una tradición hispano-goda no interrumpida por la conquista islámica, que hunde sus raíces en la tardorromanidad, y su anclaje en modelos locales parece afirmarse cada vez con mayor convicción entre los estudiosos de este arte.

Las fuentes narrativas asturianas, tanto la Crónica Albeldense como la de Alfonso III en sus dos versiones, dedican especial atención a la labor constructiva promovida por el Rey Casto en la corte ovetense, síntoma claro de la valoración que esa acción merecía en el contexto de la política regia Nada queda hoy del templo dedicado al Salvador y a los doce apóstoles, levantado por el monarca sobre las ruinas del que había construido su padre Fruela, arrasado por los ataques musulmanes de fines del siglo VIII. En la intención del Rey Casto la iglesia de San Salvador, beneficiaria de la generosa donación del año 812, estaba seguramente destinada a ser asiento de una nueva diócesis —aunque habrá que esperar hasta la época de Alfonso III para contar con referencias indubitables a un primer obispo ovetense—, centro espiritual de la sede regia y gran relicario del Reino de Asturias. Esas reliquias, traídas por los inmigrantes sureños, harán de San Salvador un temprano centro de atracción de una corriente peregrinatoria en principio de corto radio pero progresivamente ampliada y tan antigua, por lo menos, como la que comienza a manifestarse en el mismo siglo IX y también bajo la acción tutelar de los monarcas asturianos en Compostela.

Adosados al muro sur de la actual catedral ovetense, en cuyo solar se levantaría la primitiva basílica de San Salvador, todavía son visibles los cimientos de la que sería residencia del Monarca y de su Corte: palacios reales ricamente decorados con pinturas, quizá de la misma factura de las que aún hoy adornan las paredes interiores de Santullano, y “con triclinios, hermosas bóvedas y pretorios y toda clase de bellísimas instalaciones para servicio del Reino”, como se complace en señalar la Crónica de Alfonso III. Acaso formase parte de las dependencias palatinas, lo que explicaría la omisión de su mención individualizada, la Cámara Santa, dividida en dos plantas: la superior dedicada a san Miguel y en la que se han venido custodiando las reliquias traídas por los inmigrantes cristianos de al-Andalus, y la cripta o cuerpo inferior, que se pondría bajo la advocación de santa Leocadia.

En el año 808 el Rey Casto había donado al templo de San Salvador la magnífica Cruz de los Ángeles, y seguramente en fecha próxima a la dotación de este templo, del 812, se levantaron la iglesia de Santa María, con una capilla destinada a panteón real, adosada a la pared norte de San Salvador, hoy desaparecida, y la basílica dedicada a San Tirso, a escasos metros de aquella misma iglesia y que conserva actualmente su hermosa cabecera original. Todo este conjunto de edificios, asiento de una embrionaria corte, centro de un reino que bajo el caudillaje de Alfonso II adquiría ya formas políticas claramente definidas, sería protegido con una muralla que definirá el recinto de aquella primitiva urbe regia. Fuera del mismo, al Norte y a unos 400 metros de distancia, se construirá la basílica de Santullano, muestra espléndida y por fortuna también conservada del primer ciclo constructivo monumental del arte asturiano. Y ya en el entorno próximo de la ciudad otras dos construcciones religiosas —Santa María de Bendones y San Pedro de Nora— completan el elenco de obras de la época alfonsina que todavía hoy se pueden admirar.

El restablecimiento de las instituciones políticas, jurídicas y eclesiásticas del desaparecido reino godo en el nuevo reino asturiano por fuerza tuvo que ser limitado, adaptándose a las nuevas circunstancias en que se desarrolla la vida de ese pequeño reino y de su Corte ovetense. Alfonso el Casto contaría con un oficio palatino, a imitación del visigodo pero de composición más sencilla. También es probable que convocase algún concilio en Oviedo, réplica igualmente simplificada de los viejos concilios toledanos. El Liber Iudiciorum volvería a ser seguramente el derecho legal del nuevo reino, aunque su ámbito de vigencia fuese quizá bastante restringido y no se disponga de datos fehacientes sobre su aplicación hasta tiempo después.

En otro orden de cosas, es probable, aunque no segura, la creación de la nueva diócesis de Oviedo, que se sumaría a las dos únicas existentes a fines del siglo VIII con toda certeza: la de Iria y la restaurada de Lugo. Por otra parte, un suceso de singular trascendencia iba a contribuir poderosamente a reforzar la posición política del reino astur y el prestigio de su Rey y de su Iglesia, después de la grave crisis que había supuesto el estallido, ya sofocado, de la querella adopcionista en el seno de la mozarabía hispana.

En la tercera década del siglo IX se producía el “descubrimiento” en un apartado rincón de la Galicia regida por el Rey Casto, cerca de la antigua sede episcopal de Iria, de lo que se tuvo por el sepulcro del apóstol Santiago. El propio Monarca mandó levantar allí un primer y modesto templo que dotó generosamente y que posteriormente remozaría, ampliándolo, Alfonso III el Magno. Santiago se convertía en el patrono del reino y el lugar donde se suponía que estaban sus restos en polo de atracción de una corriente peregrinatoria que con el paso del tiempo se convertirá en un verdadero fenómeno de masas con implicaciones políticas, sociales, económicas y culturales de extraordinaria importancia. Los orígenes del culto y las peregrinaciones a Santiago de Compostela y San Salvador de Oviedo aparecen así estrechamente asociadas a la propia acción promotora de Alfonso. Tras unas últimas campañas de Abd al-RaÊmān II contra los flancos oriental y occidental del reino astur y ya definitivamente asegurada su integridad territorial y consolidados sus fundamentos ideológicos, fallece Alfonso II “en buena vejez”, dirá la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, con una edad seguramente muy próxima a los ochenta años. “Rey de Galicia y de Asturias”, como lo califican algunos textos carolingios, todas las comunidades de pueblos de la España insumisa norteña (gallegos, astures, cántabros y vascones) fueron inteligentemente asociados por este Monarca en un ambicioso programa integrador orientado a fundir en una estructura ya propiamente estatal y en un destino político unitario, cuyas formulaciones iniciales se rastrean en su época, los dispersos y semiindependientes núcleos regionales de resistencia al dominio islámico en la primera mitad del siglo IX, desde Galicia a la Vasconia occidental.

Los viejos obituarios ovetenses fijan la fecha exacta de la muerte del Rey Casto en el 20 de marzo del 842, y no hay razón para dudar fundadamente de esa noticia. Las crónicas de fines del siglo IX concluyen la biografía del monarca diciendo que después de cincuenta y dos años de reinado (un cómputo más exacto daría cincuenta y uno) y habiendo llevado una vida “llena de gloria, casta, púdica, sobria e inmaculada” pasó del reino terreno al celestial. En la iglesia de Santa María, adyacente al templo catedralicio ovetense y fundación del propio Rey, en un túmulo de piedra cuyo epitafio reproduce parcialmente la Crónica Albeldense, fueron depositados con brillantes exequias los restos mortales de aquel príncipe excepcional, “amable a Dios y a los hombres”.


Bibl.: H. Schlunk, “La iglesia de San Julián de los Prados (Oviedo) y la arquitectura de Alfonso el Casto”, en Estudios sobre la monarquía asturiana, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1949, págs. 405-465; J. Uría Ríu, “Las campañas enviadas por Hisem I contra Asturias y su probable geografía”, en Estudios sobre la monarquía asturiana, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1949, págs. 469-515; M. Defourneaux, “Carlomagno y el reino asturiano”, en Estudios sobre la monarquía asturiana, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1949, págs. 89-114; A. C. Floriano Cumbreño, Diplomática española del período astur (718-910), I, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1949; J. Uría Ríu, “Cuestiones histórico-arqueológicas relativas a la ciudad de Oviedo en los siglos VIII al X”, en Symposium sobre cultura asturiana en la alta Edad Media, Oviedo, Ayuntamiento de Oviedo, 1967, págs. 261-328; C. Sánchez-Albornoz, Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la historia del reino de Asturias, II, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1974; J. Gil Fernández, J. L. Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin IX siècle), Paris, Editions du CNRS, 1987; I. G. Bango Torviso, “Alfonso II Santullano”, Arte prerrománico y románico de Villaviciosa, Villaviciosa, Cubera, 1988, págs. 207-237; F. López Alsina, La ciudad de Santiago de Compostela en la alta Edad Media, Santiago de Compostela, Ayuntamiento de Santiago, 1988; A. P. Bronisch, “Asturien und das Frankenreich zur Zeit Karls des Grossen”, en Historisches Jahrbuch, 119 (1999), págs. 1-40; A. Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; M. C. Díaz y Díaz, Asturias en el siglo VIII. La cultura literaria, Oviedo, Ed. Sueve, 2001; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, ed. Nobel, 2001; VV. AA., La época de la monarquía asturiana, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2002; A. Besga Marroquín, “La estancia de Alfonso II en el monasterio de Samos”, en Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, 159 (2002), págs. 201-217; Th. Deswarte, De la destruction à la restauration. L’idéologie du royaume d’Oviedo-Léon (VIII-XI siècles), Turnhout, Brepols, 2003; J. I. Ruiz de la Peña, Oviedo, ciudad santuario. Las peregrinaciones a San Salvador en la Edad Media, Oviedo, Universidad de Oviedo, 2004; J. I. Ruiz de la Peña y M. J. Sanz Fuentes, Testamento de Alfonso II el Casto. Estudio y contexto histórico, trad. de A. Hevia Ballina, Oviedo, Madú Ediciones, 2005.


Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar

http://dbe.rah.es/biografias/6354/alfonso-ii
254/6 <19+11> Jimena [Astur]
265/6 <19> Romaes van Leon [Astur]
Graaf van Leon
276/6 <19+11> Ximena Fruelaz de las Asturias [Astur]

7

351/7 <29> Brunilde [?]
birth: 691 ? 771
marriage: <15> Arias Lucido de Saavedra [Saavedra] b. 691 ? 771 d. 788
342/7 <28+13> Juana Romaes [Romaes]
birth: 765 ? 819
333/7 <28+13> Rodrigo Fernández de Monterroso [Monterroso] 304/7 <25> Ψ Jiménez [?]
315/7 <26> Juana Romaes van Leon [Astur] 326/7 <27+14> Bernardo Sanchez de Carpio [Carpio]

8

361/8 <30> Román [?]
title: Conde
392/8 <35+15> Bermudo Arias [Arias]
birth: 693 ? 813
403/8 <35+15> Silo Arias [Arias]
birth: 693 ? 813
384/8 <35+15> Lucido Arias de Saavedra [Saavedra]
birth: 739 ? 859
marriage: <19> Ermesenda de Figueroa [Figueroa] b. 785 ? 905
435/8 <33+17> Suero Gallego de Monterroso [Monterroso]
birth: 805 ? 855
446/8 <33+16> Alonso Romanes Monterroso [Monterroso]
birth: 815?
427/8 <33+17> D. Fernando Rodriguez de Monterroso [Monterroso]
birth: 820?
marriage: <20> Guntina Lucidiz [Lucidiz] b. 870 d. > 945
death: > 845
418/8 <33+17> Remón II de Monterroso [Monterroso]
birth: 866 ? 890
marriage: <21> Gontinha [?] b. 890?
379/8 <31+18> Romaes de Monterroso [Monterroso]